The Good Place o el sentido de una vida bien vivida

Un gran autor decía que de lo que tratan absolutamente todas las novelas es de si la vida merece la pena o no ser vivida. Punto, no hay más. A lo largo de su existencia, el ser humano se ha parado muchas veces a preguntarse por esta cuestión. Siglos de historia y aún no hemos encontrado una respuesta. ¿Es la búsqueda de la felicidad? ¿O esta es un simple complemento que nos sirve para hacer menos tedioso el camino?

Los primeros filósofos divagaron mucho sobre el sentido de llevar una vida con rectitud y desarrollaron el sentido de la ética. Sócrates aseguraba que “Una vida sin examen no merece la pena ser vivida” ¿qué significa esto? Y sobre todo ¿cuándo deberíamos hacer este balance?

Hay una escena de la serie Merlí, que me encanta porque condensa en unos minutos la esencia de la filosofía. A partir del minuto 34:55 aunque honestamente, merece la pena que, ya que estáis, os la veáis entera.

“He estado callado por dos razones: para pensar en la respuesta y para demostrar que, cuando uno piensa, la gente lo mira mal”

¿Es así? ¿Está mal visto pensar, cuestionar y sobre todo cuestionarse? Esta sociedad, este bucle eterno e infinito de prisas, estrés y tareas pendientes nos impide pararnos a reflexionar. Somos como el conejo de Alicia, no tenemos tiempo. Lo hemos perdido antes de disfrutarlo o de poder al menos malgastarlo en algo que nos hiciera sentir más vivos. Por eso olvidamos los sueños, ideales y promesas adolescentes que llenaban nuestras mentes en los años en los que el futuro aún no había sido escrito.

Así que nos dejamos llevar por la masa y nos comportamos como se supone que corresponde a nuestra posición en la sociedad. Unos eligen el bien y otros apuestan por el mal, pero ¿Es una elección realmente libre o viene condicionada por los prejuicios y elementos externos con los que hemos crecido? En un capítulo de Lucifer, una mujer que había hecho un pacto con el, culpa al demonio de todas aquellas acciones negativas que había llevado a cabo. El le contesta que nunca la ha obligado y que nosotros, los seres humanos, siempre hemos utilizado su imagen para no hacernos responsables de nuestros propios actos.

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Porque el libre albedrío, plenamente interiorizado y entendido, da mucho miedo y preferimos aferrarnos a ángeles, cielos, infiernos y demonios que nos salven de la responsabilidad de nuestros propios actos.

Eleanor Shellstrop es así. Actúa en base a sus propios intereses sin pararse a pensar en si está bien o mal. Culpa al sistema, a sus padres, a su infancia triste y a su presente carente de sentido. El alcohol, las drogas, una vida de desfase sin rumbo conforman su día a día hasta que de repente y a causa de un accidente absurdo, su vida, esa a la que no le daba ninguna importancia termina.

Cuando un ciclista perdió la vida en un trágico accidente Camus dijo que “nada era más absurdo que morir en un accidente de automóvil” y un 4 de enero de 1960, el coche en el que viajaba con Michel Gallimard se estrelló contra un árbol. Era tan genio que explicó el absurdo de la vida con su propio ejemplo. 

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Su obra defendía justamente que, ante el absurdo de la vida, existían tres opciones: refugiarse en la religión, optar por el suicidio o aceptar ese absurdo y tratar de vivir lo mejor posible. Cuando el absurdo llama a su puerta y todo termina, Eleanor se encuentra en una sala blanca, diáfana y confortable con un cartel que le dice que está en el buen lugar (The Good Place) aunque no entiende nada siente una calma y una paz que nunca había experimentado y escucha atenta las explicaciones de su anfitrión. Michael es un hombre de mediana edad, trajeado y con pinta de buena persona. A mi me recuerda a un personaje de Mad Men que se ha arrepentido de vender su alma al lado oscuro de la publicidad y ha decidido empezar a hacer buenas obras.

El le explica el motivo por el que se encuentra ahí: ha muerto. Su vida terrenal ha terminado, pero no tiene de qué preocuparse ya que, al haber sido buena persona, le ha tocado el lado bueno. Es decir, se ha librado de las torturas y padecimientos de lo que nosotros llamamos infierno. SPOILERS A PARTIR DE AQUÍ

Entre la felicidad de esa vida perfecta y las dudas que la atormentan, Eleanor empieza a conocer a algunos de sus vecinos y a la perfecta Janet, una inteligencia artificial que le servirá de guía. Janet tiene todas las respuestas del universo y puede darte cualquier cosa que necesites con solo pedírselo, como Alexa, pero mucho más pro y con apariencia de niña buena. En su paseo por The Good Place descubre un barrio lleno de fuentes, heladerías y casitas de cuento. Por allí pasean su vecina, Tahani Al-Jamil, toda una celebridad, cuya alma gemela es un monje budista en voto de silencio llamado Jianyu Li. Pero la mayor sorpresa, la que cambiará por completo su nueva vida, se llama Chidi Anagonye y además de ser profesor de ética, resulta ser su alma gemela.

Porque si, en The Good Place, te espera tu alma gemela. Esa persona que el destino había destinado para ti y que puedes o no, haber conocido en la tierra. Sea como sea, allí os reencontráis para disfrutar juntos una eternidad de felicidad plena. La pobre Eleanor asiente y trata de encajar en un mundo perfecto al que sabe que no pertenece.

Ella no ha sido buena, en su vida no había moral ni tenía idea de para qué podía servir la ética. Así que, llena de remordimientos y preocupada por los fenómenos extraños que empiezan a ocurrir, se confiesa a su alma gemela. Chidi sufre un colapso ante ese error fatal ya que el es todo lo contrario a ella, vivió por y para la ética y la filosofía marcó el rumbo de su vida. Siempre buscó la mejor opción, la más justa y equilibrada. A veces, esa indecisión le llevaba a tener fuertes dolores de estomago. Chidi quería ser justo, quería ser una buena persona. El había nacido en una época equivocada y siempre quiso codearse con los grandes filósofos griegos, trabajar juntos para una sociedad más justa y mejor. Pero en su particular cielo no lo esperaban Platón ni Aristoteles si no una rubia descarada que romperá por completo sus esquemas.

A lo largo de las 4 temporadas que dura la serie vemos a sus personajes crecer, enfrentarse a sus propias contradicciones y fantasmas. La primera temporada termina con un giro argumental bestial: Eleanor descubre que no están en The Good Place. Sale a la luz la naturaleza demoniaca del adorable Michael y se enteran que su estancia allí no es más que una nueva forma de tortura.

He hecho una breve introducción a la serie para llegar al momento que me parece más sublime y determinante: la última temporada, el final del camino. Si no la has visto deja de leer aquí, te has comido unos pocos spoilers pero nada grave, puedes continuar con tu vida.

Esta serie me enganchó desde el principio porque era original, fresca y diferente. La historia era muy divertida y sus personajes tenían unas personalidades que no estamos acostumbrados a ver. Un demonio con alma de ángel, una influencer que solo quiere hacer obras de caridad y que sus padres la quieran, un Dj de Florida que parece salido de Jersey Shore y en realidad tiene una vida espiritual más elevada que cualquier monje. Una rubia tonta que no espera nada y resulta ser la más inteligente y un profesor de filosofía que tiene que esperar a morir para descubrir el verdadero sentido de la vida.

Les cogí cariño a todos ellos. Sus limitaciones, errores y problemas eran un reflejo de los míos, de los nuestros. Y por eso me alegré cuando consiguieron por fin entrar en el cielo. Se merecían un final feliz. Y, aunque odio los finales edulcorados y de color de rosa, en este caso estaba dispuesta a hacer una excepción. Al llegar al cielo los personajes se dan cuenta que algo falla. Allí están las mejores personas que han existido y sin embargo, nadie parece feliz. Chidi busca emocionado a sus filósofos favoritos y descubre que la gran mayoría se encuentra en el infierno, era de esperar… Si que encuentra a la gran y desconocida Hipatia (algún día os daré la chapa con ella) que le cuenta el motivo por el que todo ha perdido el sentido. Al principio el cielo era justo lo que vendían los folletos, un paraíso infinito, pero después con el paso del tiempo y al alcanzar todos los deseos, perdió interés.

Chidi, el mejor filosofo de una serie de comedia que nunca hayamos visto, encuentra la solución: lo que hace que algo merezca la pena es la certeza de que se acabará algún día. Así que construyen una puerta que nadie sabe adonde lleva, pero hace que todo termine. Y así, en un giro inesperado de los acontecimientos, nuestros protagonistas terminan el viaje del héroe justo donde lo empezaron: en la incertidumbre que nos espera al cruzar el umbral de la vida.

Esta serie me ha marcado a nivel personal por muchas razones y sus personajes se convirtieron casi en amigos, no quería que se fueran. Quería retenerlos e impedir que cruzaran esa puerta que los llevaría a un lugar desconocido del que ya jamás volverían. A Eleanor le ocurre lo mismo. Después de toda una vida escudada en su propia coraza para no enfrentarse al rechazo y al abandono, justo cuando encuentra amigos de verdad, tiene que aceptar que tendrá que despedirlos.

El capítulo en el que descubre que Chidi quiere irse me rompió el corazón. Esa ruta que hacen juntos por sus lugares favoritos, por esa Atenas en la que se inventó la democracia, por los cafés parisinos en los que Sartre se sentaba a escribir. El mundo entero está a un deseo de distancia, pero ya no es suficiente.

El sentido de la filosofía es cuestionar todo aquello que damos por sabido, pero, una vez que hemos alcanzado nuestra propia parcela de conocimiento, toca dejar sitio a los que vienen detrás. Chidi comprende que nunca alcanzará la sabiduría absoluta, pero, no hace falta, la vida era eso. Sentarse cada día en una silla diferente confiando en elegir la misma que prefería Sartre, pasear por las calles reflexionando sobre el sentido de la existencia y al final descubrir que lo tienes todo leyendo un libro al lado de tu alma gemela.

Lo único que le da valor a la vida es saber que algún día no tendremos más mañanas, se acabaran los atardeceres y todo será absurdo, casi tanto como morir en un accidente en un supermercado mientras compras una botella de alcohol para hacer margaritas. Todos los escritores, filósofos e incluso ese Dj con pocas luces, buscamos lo mismo: encontrarle el sentido a la existencia y tal vez Camus tuviera razón y no debamos hacerlo.

Aceptar que no lo tiene y empezar a vivir, a disfrutar de los atardeceres y coger el teléfono para decirle a esa persona especial que tiene que ver esta serie algún día. Porque sabemos que se parece a Chidi y que su sentido absurdo de la ética nos devolvió las ganas de disfrutar de la vida. 

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