Nivel inexperto

Nivel inexperto

Te sientas a cenar. Sobre el mantel ya está todo preparado, tu comida favorita humeante acompañada por una copa de vino blanco o, en su defecto, por un refresco bien frío. Ha sido un buen día, si somos objetivos, ningún drama, ningún problema irremediable.

A simple vista lo tienes todo. Es tu momento perfecto en el que toca relajarse y desconectar de todo y de todos. Es entonces cuando aparece.

A veces se enciende como una chispa que amenaza con prenderlo todo. En ocasiones surge entre las notas de una canción o escondido en una película cualquiera. Esa que pusiste de fondo para evitar pensar. Pero lo haces.

De repente te descubres recordando su sonrisa y lo bien que te hacía sentir ser la causa que la provocaba.

El dialogo en pantalla parece representar aquella conversación surgida en un paseo una tarde cualquiera. El momento en el que supiste que sería para siempre.

Lastima que solo tu lo sintieras.

Y te preguntas por qué, en que momento te equivocaste o que le falta a tu personalidad para conquistarle.

Tal vez sea todo, quizás nada. Un detalle curioso o anecdótico que te traslada de la lista de posibles amores al cajón de los impensables.

Te enfadas contigo mismo y tratas de expulsar ese sentimiento que sabes que no sirve de nada.

Y es que cuando uno se enamora quiere gritarlo al mundo, hacer participes al resto de la humanidad de la felicidad sentida.

Aparecen corazones flotando a tu alrededor, mariposas en el estómago y demás bichos y chorradas inculcadas por el sentimentalismo moderno.

Disney te enseñó que el amor verdadero te salvará de todo, desde villanas de cuento a una vida miserable.

Por eso quieres creer, demostrar que es posible y empezar a disfrutar la vida que te mereces. Porque, joder, tu sabes que eres genial.

Lo que Disney no te cuenta es que ese amor, el de las canciones, no siempre es correspondido.

Y tu, que te creías intocable, descubres que te ha pasado. Que aunque delante no tengas a Ryan Gosling, el efecto que produce en ti es el mismo. Y descubres, muy a tu pesar, que el efecto que tu le provocas tampoco difiere del que sentiría el propio actor al verte.

Ahí tienes que decidir, quedar como un cobarde o como un imbécil. Y maldices mil veces a aquel que inventó lo de “mas vale ponerse rojo una vez que ciento amarillo”. Realmente da igual, lo sueltes o lo calles ya está clavado dentro.

El amor se pensó para ser vivido, sufrido, disfrutado, en definitiva, compartido. Cuando la persona destinataria de ese amor no lo quiere tienes dos opciones: guardarlo en un cajoncito o dejar que se convierta en sonetos, versos, canciones que hablen de lo sufrido.

Que dejen claro que tu eras especial, que lo tuyo era distinto. Y todas las canciones hablarán de ti, pasearás con la compañía de un pensamiento circular que te haga sentir que, a pesar de todo lo vivido, estas en un nivel inexperto todavía.

La vida no es justa, concluyes, y decides que tanto pensar terminará por arruinar tu fantástico día.

Pero para cuando retornas a la realidad la comida se ha quedado fría, el vino caliente y el hielo se ha derretido.

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